Salgo de la cama dando un salto mortal. Tiro un jarrón, que se rompe y me hace algunos cortes en los antebrazos que denotan personalidad.
Deshojo la margarita de la ducha.
Hago gárgaras con biodiésel.
Unto sobrasada en el pan tostado, como bíblico oleaje de sangre. El desayuno es la comida más importante de la historia.
Me enfundo mi camiseta gris del mono con sombrero y mis pantalones de golf (con 18 agujeros). Ya estoy listo para salir a comerme el mundo o a comprar chocolate.
La gente se vuelve a mirar mi deambular decidido por la acera. Casi siempre bípedo, sólo cuadrúpedo en ocasiones.
Vagabundeo un rato hasta la hora de comer. Hago quinielas ficticias en mi cabeza y fantaseo con que acierto y me compro un lanzallamas.
Para comer, asalto, si es posible, a unos excursionistas. Les robo la canasta de comida.
Si no, adquiero alimentos en el supermercadona. Olvido que no puedo gastar más dinero del que llevo en el bolsillo. Tengo que dejar artículos en la caja y lo hago mientras imito la subasta del Un Dos Tres, haciendo perder los nervios a la cajera.
Luego duermo unas cuatro horas de siesta.
Me despierto de humor disonante. Una mezcla entre don Basilio y Chucky el muñeco diabólico.
Blasfemo una hora al día (a falta de otros hábitos deportivos).
Por la noche ceno serrín, que rasco con una lima del mueble de la tele. Unas horas de tuíter arreglando este mundo nuestro, que va claramente a la deriva.
Me acuesto pensando en vosotros. Mi luz en la oscuridad.
Apagaos un rato, si no os importa, que me desvelo.